El testamento del caso omiso

Mario Nespereira | Barcelona

Un testamento suele reconfortar a quien lo escribe con su propia trayectoria vital. En él, todo adquiere su justo sentido cuando se escribe desde la distancia y, sobre todo, la experiencia. Un buen testamento también puede ser una gran legado ideológico, filosófico e, incluso, moral. John Kenneth Galbraith escribió en el año 2004, al final de su vida, su Economía del fraude inocente como un alegato a los engaños más aceptados del sistema económico vigente. No estamos ante una obra académica a la que nos tienen acostumbrados los economistas de la talla de Galbraith, tampoco es una sesuda profundización en la realidad basada en datos y estadísticas. Se trata de un texto divulgativo, al alcance de todos los públicos –fiel a su estilo—, dividido en doce epígrafes. Doce estafas de fraude inocente.

Las ciencias sociales son todavía muy jóvenes para emitir un único veredicto sobre la realidad, vino a decir una vez el politólogo francés Maurice Duverger. Buena parte de la obra de Galbraith se basa en esta premisa. Para el economista canadiense las concepciones económicas modernas están al servicio de nuestras creencias. Un mundo polarizado –y relativamente plural— en cuanto a doctrinas políticas se sirve de estudios, académicos, datos y evidencias que ratifiquen más o menos empíricamente sus creencias e intereses. Dicho de otra manera, los socialdemócratas echarán mano del keynesianismo para justificar las medidas de estímulo combinado con la intervención pública en períodos de recesión y los monetaristas buscarán en Milton Friedman el sancta sanctórum del liberalismo.

 El poder de los académicos es tal sobre la percepción del sistema que hasta el propio nombre ha cambiado. La crisis del 29, el poder de seducción de la doctrina marxista y la desigualdad social (como imagen de la opulencia) fueron losas muy potentes sobre el término «capitalismo». La visión tradicional de la empresa bajo la dirección del capitalista-propietario ya no existe. Los capitalistas han maquillado el sistema superficialmente con el fin de lellamar2gitimar sus actividades y su imagen delante del consumidor. Es entonces cuando nace el término «economía de mercado». En tal mercado, existe la creencia colectiva de que el consumidor es soberano. Es decir, de él dependen las decisiones de consumo y, por lo tanto, suyo es el poder para hacer decantar la balanza entre oferta y demanda. Así se estudia como modelo teórico, y sin embargo, con muy poca correspondencia con la realidad. Los consumidores están ciertamente imbuidos por el marketing  y las empresas destinan gran cantidad de fondos a intentar –con bastante éxito— modelar las decisiones de consumo en favor de sus intereses.  Muchos expertos coinciden en que las empresas sólo producirán si tienen unas mínimas expectativas de venta –puede ser este uno de los principales motivos del fracaso de las medidas de estímulo en algunos períodos—. De ahí los esfuerzos a persuadir, a veces con técnicas dudosamente éticas, al ciudadano para que compre uno u otro producto.

La producción continua, lo que provoca el crecimiento de la economía si atendemos al PIB, equivale a un aumento de los beneficios. En otras palabras, un aumento del PIB indica que las empresas producen más pero no necesariamente supone un incremento par del consumo. De hecho, es un indicador erróneo si queremos medir el nivel de progreso y bienestar social de la población. Dentro del PIB no se incluyen éxitos científicos, ni la educación o la cultura que otrora tuvieron tanta influencia sobre la mejora de las condiciones de vida de la población y, al fin y al cabo, sobre la satisfacción de las necesidades del individuo –recordemos, fin último de la economía—.

La gran corporación moderna, hoy, está dirigida por una serie de técnicos y gestores que toman el timón de la empresa sin poner apenas en riesgo su propio capital, cuya parte mayoritaria pertenece al propietario. El papel del  empresario emprendedor que arriesga su dinero para emprender una actividad lucrativa  –la cultura del American Dream— y el del consumidor que tiene la información para consumir en un mercado de libre competencia siguen siendo colectivamente aceptados, e incluso promovidos, pero es la realidad de los gestores sobre las grandes corporaciones y su influencia en el poder político lo que determinada buena parte del curso de la economía. Al poder político también le gusta esta visión irreal de la economía. Los políticos utilizan la imagen del hombre hecho a sí mismo a través de su empresa como ejemplo de buen ciudadano, cuando la verdadera estampa no tiene nada que ver con esta utópica visión. Por otra banda, a medida que nuestra mirada asciende desde los trabajadores hasta la cúpula directiva de la corporación percibimos un aumento de salario progresivo y, a veces, exponencial. La diferencia salarial no radica únicamente en la máxima “a más responsabilidad, más salario”. Thorstein Veblen, en su Teoría de la clase ociosa, califica de injusto el hecho de que los ejecutivos cobren más que los trabajadores por un motivo fundamental: el trabajador cualificado de alta consideración suele disfrutar de su actividad laboral, en cambio, el trabajador de bajo rango suele emplear sus condiciones físicas en el puesto de trabajo porque no tiene otras alternativas. La vigencia de esta situación y su aceptación social se resume en una máxima, enunciada por Veblen, que explica dicha desigualdad: «El ocio en los ricos es admirable, en los pobres, reprochable».

Buena parte de la obra de Galbraith gira entorno a la corporación moderna como unidad básica de la economía de mercado global. En contra de lo que pueda parecer, no se pone en cuestión su actividad ni sus efectos en la economía, entre los que podríamos citar la creación de empleo y riqueza. La crítica va dirigida contra algunas élites del mundo empresarial, los académicos que les dan cobertura “científica” y los políticos a los que presionan. La toma de decisiones, muchas vitales, se concentra en un grupo reducido de gestores o directores generales. En la mano de una minoría está el poder sobre las cantidades de inversión o la expansión de la compañía que dirigen. No obstante, cuando el PIB es negativo, la recesión ataca la demanda agregada y los escándalos salen a la luz, la petición de responsabilidades se diluye en la inabarcable burocracia de la corporación. No existen mecanismos efectivos de control. El Consejo de Administración, puede que el primer organismo de control y gestión de la empresa, es inoperante. Al igual que ocurre con la llamada “soberanía o poder del consumidor”, los accionistas tampoco tienen la capacidad de influir trascendentalmente sobre el rumbo de la empresa. Economia del fraude inocente demuestra que apenas hay casos en la Historia en los que los accionistas hayan discrepado notoriamente de los órganos de dirección y ese desacuerdo haya llevado a un giro copernicano de la gestión.

 Y no sólo la regulación brilla por su ausencia, sino que las multinacionales tienen poder de influencia muy grande sobre el político. Cada vez es más difusa la frontera entre los sectores público y privado. Por ejemplo, la industria armamentística puede decidir circunscripciones a favor o en contra de un candidato y presionar para que los gobiernos gasten más en defensa. En este caso hablamos de la influencia de lo privado en lo público. Pero en el caso contrario, hasta la labor de la Fed (la Reserva Federal) como ejecutora de medidas contra cíclicas está en cuestión por su efectividad sobre la macroeconomía. Es la llamada «elegante evasión de la realidad».

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Ciertamente, el mundo ha hecho caso omiso del testamento económico y moral de John Kenneth Galbraith. Sólo cuatro años después emergía el escándalo de la hipotecas  subprime, comenzaba la recesión y con ella las políticas de austeridad, ha aumentado la desigualdad dentro y fuera de la corporación, se han privatizado servicios públicos y la Reserva Federal lidera la inyección de dinero público a los bancos. Queda el consuelo de que cada vez el fraude es menos inocente. O eso queremos creer.

 

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