Ni depresión ni bonanza: el día después de la crisis

JoanMajo1El libro de Joan Majó El món que ve… Ja el tenim aquí (El mundo que viene ya lo tenemos aquí) es un breve ensayo sobre el escenario en el que se encontrará la humanidad hacia finales de la presente década y la siguiente; de los retos que deberá afrontar y no posponer  y de los cambios que –deseables o no- acontecerán en nuestras vidas.

En tanto que se trata de un libro bastante clasificable en la disciplina económica, el autor basa sus tesis sobre la variedad de temas que introduce al lector muy a menudo en datos empíricos que refutan su retórica socialdemócrata, creyente ante todo en una economía de mercado aunque más regulada. Particularmente uno de los capítulos del libro gira en torno a la socialdemocracia y su encaje como ideología con un discurso propio en la realidad europea de hoy, proponiendo la remodelación de algunos de sus principios, abogando ante todo por la responsabilidad del individuo por encima de la reclamación de los derechos ciudadanos.

A lo que es la crisis dedica en exclusiva un capítulo, el primero, en el que trata de contextualizar el momento en el que vivimos y por qué estamos dónde estamos. Para ello pretende que queden claro dos cosas: la situación anterior a la catástrofe económica que aún hoy padecemos jamás volverá; y la política (como instrumento democrático) debe recuperar como sea la soberanía que el poder económico le ha arrebatado para hacer un cambio de mentalidad, repensar un modelo demasiado financiero/especulativo hacia uno más productivo.

Deben de desincentivarse cuando no prohibirse según Majó las actividades económicas que no tengan una razón social o que no generen un valor añadido para todos ciudadanos, y pone ejemplos de actividades productivas que deben ser remuneradas las de toda la vida: plantar tomates, fabricar neveras o ofrecer servicios a las personas. Sin embargo, cree que la economía actual ha evolucionado mirando demasiado hacia actividades financieras que no llevan el crédito a la economía real sino a la misma economía financiera, la compra-venta de acciones, de terrenos no para su uso sino para su venta cuando su valor aumente, sin mediar ninguna actividad de estas personas que haga que el valor de ninguna cosa crezca y pueda la sociedad beneficiarse por ello.

No aboga por prohibir este tipo de actividades financieras pero si enmarcarlas en ciertos límites y gravarlas de una manera que las desincentive, algo que denuncia no ocurre en nuestro país, donde las rentas del capital tributan (alrededor de un 20%) casi la mitad que las procedentes del trabajo, un desbarajuste que lleva al mismo autor a proponer una reforma fiscal que sin buscar la igualdad porque sí compense ciertos desequilibrios excesivos entre ciudadanos. Para ello el autor advierte:”No todos debemos ganar lo mismo porque somos diferentes, pero hay que asegurarse de dar oportunidades a todo el mundo y que las grandes desigualdades por arriba y por abajo desaparezcan”.

Una vez dejada clara su postura sobre el rumbo de las medidas de política económica actuales (favorable a los ajustes del sector público pero con límites) el libro empieza a dejar de ser solamente económico para reflexionar sobre los retos de la política, que debe de abordar una Globalización a la que llama “asimétrica”, ya que según él el proceso de mundialización económica ha sido un éxito en este aspecto pero se echa un gobierno democrático a nivel también internacional, con plena soberanía para tratar de tú a tú al poder económico, que se aprovecha de las limitaciones geográficas de la política (nacional) para chantajearla y poner en entredicho su poder real.

A la par de este cambio en las relaciones de poder ha surgido otro: los países occidentales, otrora líderes indiscutibles del mundo, han dejado de tener el poder absoluto en cuanto a lo militar, económico y demográfico se refiere, y esto dibuja un nuevo escenario mundial donde el ciudadano de esta parte del planeta ha perdido buena parte del poder que creía tener. Para ello el primer paso es hacer nuestro país y en los vecinos la necesidad perentoria de edificar una Europa que vaya más allá de una simple cesión de unas cuantas competencias para formar de una vez por todas algo parecido a un Estado federal, capaz de ejercer de contrapoder a los mercados y a las potencias emergentes, que hace tiempo que nos pisan los talones.

Según el que fuera ministro de Industria y Energía en el Gobierno de Felipe González en los ochenta, sólo a través de la Unión real de los países del Viejo Continente sus ciudadanos seguirán teniendo voz en los grandes asuntos mundiales que afectan a toda la humanidad, y la elección debe ser entre renunciar a las aspiraciones nacionalistas o renunciar a tener peso en el mundo. Queda clarísimo por tanto que las tensiones en la Europa del Este entre el renacido Imperio Ruso y uno de sus antiguos países satélite y el escaso efecto real que están teniendo las reacciones y amenazas de la UE sobre las aspiraciones expansionistas de los primeros serviría de ejemplo para el autor y así lo hubiera usado de haber escrito hoy su libro. Por lo tanto, la receta es clara: una Unión Europea decididamente más integradora y con más legitimidad democrática que lleve las riendas de una política exterior común, una política fiscal y económica también proporcional que se hace necesaria debido a la existencia de la moneda también común, que no debe desaparecer sino ser dotada de sentido con todas estas atribuciones.

Eficiencia y solidaridad, obligaciones más que principios morales

Los cambios en la economía del siglo XXI deberán venir marcados por un cambio en la mentalidad del ciudadano, que deberá dejar de tener como objetivo prioritario la acumulación de unos bienes materiales que comenzarán a ser escasos por el crecimiento de la población mundial y el acceso a unas  mejores condiciones de vida en otras partes del planeta. Si no somos conscientes que el crecimiento ilimitado ha dejado de ser posible, los conflictos armados a escala mundial por el control de los recursos planetarios se reproducirán.

Y aquí es donde entra la tecnología y los avances en este campo, cruciales para compensar el egoísmo humano y evitar conflictos permitiendo que podamos mantener un buen nivel de vida con menos recursos: ese concepto es la eficiencia, que según Majó evitará guerras. Pensará el lector más avispado que simplemente con las energías renovables dejarán de existir conflictos por los combustibles fósiles, pero el autor desenmascara esta creencia argumentando que para la fabricación de aparatos como los plafones fotovoltaicos son necesarios recursos minerales también escasos y en manos de potencias rivales. Por ello la solidaridad también es necesaria.

Los medios de comunicación y la política (temas que relaciona y a la vez trata por separado) merecen también un capítulo en el libro, aunque sean las reflexiones vertidas en éstas las que menos nos interesan y las menos novedosas: reclama recuperar la ética en el ejercicio del periodismo para dejar de servir a los intereses de los poderosos y que los políticos abandonen el sectarismo y establezcan como prioridad a sus ciudadanos y calibren sus decisiones por el efecto electoral que éstas puedan tener sobre su partido.

Para acabar, el último capítulo, quizás el menos técnico y el que menos tiene que ver con la economía, es el que versa sobre el problema catalán, con una posición sorprendente de Joan Majó (no olvidemos que es muy cercano al PSOE) en el tema de la independencia de Cataluña, que empezaba ya en la fecha de redacción del libro (finales del año 2012) a monopolizar la vida política nacional. Se declara independentista si se demuestra que el encaje del Principado en el Estado español se hace imposible por la falta de interés de los grandes partidos políticos españoles, con lo que viene a decir que querría la independencia si no hubiera más remedio. Para él hay tres líneas rojas sobre las que negociar con España: reconocer la singularidad de Cataluña y su realidad nacional; mejorar el trato que se le da como Comunidad Autónoma en cuanto a inversiones y flujos fiscales; y un cese definitivo por parte de la derecha española (a la que señala como responsable de las tensiones) en los ataques al idioma catalán.

En definitiva, es un libro que dice mucho en poco espacio (menos de 150 páginas), muy pedagógico y accesible en cuanto al nivel cultural que se pide para que éste se pueda comprender, recomendable para situarse en el mundo de hoy en dos tardes; que abarca muchos temas y al que sólo falta que aparezcan traducciones a más idiomas que el catalán.

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